Un hombre y tres mujeres contribuyeron a modelar su carácter.
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Marcelino Champagnat nació el 29 de mayo de 1789, en la aldea francesa del Rosey, en una familia en la que él habría de ocupar el noveno lugar entre diez hermanos. Juan Bautista Champagnat, padre del futuro santo, comerciante y granjero, quien desempeñó varias funciones importantes de gobierno en la localidad de Marlhes, distinguiéndose por su moderación, paciencia y tacto político. Marcelino aprende de su padre, el discernimiento, la compasión hacia los demás, diplomacia, pericia para administrar los bienes y la habilidad práctica de un trabajador. María Teresa Chirat, su madre, persona prudente y de temple decidido, caracterizada por una total integridad, fe inquebrantable y amor al trabajo, inició a su hijo en la práctica de la oración y encendió la primera llama de su vocación. Luisa Champagnat, la segunda mujer que tuvo parte en la educación de Marcelino, ella inspira el modelo de espíritualidad en el que la vida de oración se funde con la actitud de servicio a los demás. Y María a quien Marcelino la colocó como centro de la comunidad de hermanos que fundó. Acorde con la espiritualidad de su tiempo y particularmente de la región de Marlhes, Ella llegó a ser para él la “Buena Madre” y el recurso ordinario.
El entorno en sus primeros años.
Al crecer en una región agreste, conocida como el macizo central, sus ojos estaban acostumbrados a las praderas, los arroyos tranquilos y los bosques de pinos. Pero la naturaleza caprichosa en esta parte de Francia; a veces, puede incluso ser peligrosa. Los inviernos crudos hacen resistentes a sus habitantes. El medio natal ayudó a Marcelino a desarrollar las virtudes de tenacidad, capacidad de adaptación y fortaleza. Su formación académica. Marcelino asistió a la escuela poco tiempo, no consiguió demostrar mucha capacidad para el estudio formal. Tampoco se sentía muy motivado por el trato brutal que los maestros infligían a sus discípulos. A la edad de once años prefirió el trabajo de la granja al mundo de los libros. Más tarde, al ingresar al seminario a la edad de dieciséis, llevó consigo esta carencia de formación. Deficiencia que sería una cruz para él a lo largo de toda su vida. Su vocación. Responde al llamado de Dios para ser sacerdote en 1803, y desde ese momento se propuso adquirir la debida formación. Los ánimos de su madre le mantenían en esa decisión a pesar de las dificultades. La frecuencia en la recepción de los sacramentos, la oración constante y su abandono en manos de María, le hicieron perseverar y recibir la ordenación sacerdotal del obispo de Nueva Orleáns Monseñor Dubourg el 22 de julio de 1816.
Joven sacerdote y joven fundador. Su primer destino apostólico fue la Valla, cuando Marcelino llegó allí en 1816 se encontró una comunidad abandonada, en donde la codicia, la rivalidad y la falta de amor por los demás corroían las relaciones personales; había mucha dejación de los deberes religiosos en la práctica de la fe. El joven sacerdote veía la educación como un medio de armonizar fe y cultura. Al fundar el Instituto, el 2 de Enero de 1817, tenía en la mente más intuiciones que solamente procurar educación primaria a los niños o incluso enseñarles los principios de la religión, decía: “aspiramos a más, queremos educar a los niños, instruirles en sus deberes, enseñarles a cumplirlos, infundirles un espíritu cristiano, y formarles en las costumbres y en las virtudes que debe tener un buen cristiano y un buen ciudadano”.
La muerte sobrevino a Marcelino una mañana de sábado temprano. Era el 6 de Junio de 1840. Su herencia, su vida. No había asomo de superficialidad en el fundador. Vivía apasionado por el evangelio, las dos virtudes que recomendaba a sus discípulos, la obediencia y la caridad. El gran consejo educativo: “Para educar a los niños, hay que amarlos, y amarlos a todos por igual” El modelo María. El mismo camino que había recorrido María con Jesús tenía que ser ahora el de todos aquellos que iban tras el ideal que había cautivado el corazón de nuestro cura rural y sus primeros hermanos. Marcelino Champagnat, sacerdote de la sociedad de María, Superior y Fundador de los Hermanitos de María, o Hermanos Maristas, apóstol de la juventud y ejemplo de cristianismo práctico, fue un hombre y un santo para su tiempo. Y lo es también para el nuestro.
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